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Deshielo indiano


Como tormenta inesperada y casual

llega una brisa caliente desde el sur

para tallar en la pared de hielo viejo

una gota y el surco del movimiento

Un indio de pie, congelado en el muro,

abriga paciente el temblor de un latido, y presiente el paso intenso de la brisa,

que golpea el hielo y abre su ojo: inhala.

Impacta la brisa y se frena en la grieta,

abierta por ella en el blanco más hondo,

del ojo nuevo, que refleja su intriga

y la seduce en un instinto salvaje.

No debe y recorre los bordes del hielo,

con la danza tibia de roces que silban,

vibrando en el indio, que entrega su aliento:

funde la gota que despierta su celo.

Y devora la brisa tibia y cae hielo

y cruje su pecho, su brazo, cae hielo

y recobra su color, canta, cae hielo

y despiertan al cazador y cae hielo.

Saborea el final de la brisa que huye

de su boca, en un húmedo vapor, huye

de su canto indiano, ya no le silba, huye

solo viste su inocencia al viento y huye.

Se apaga el enigma y el cielo del norte

la espera otra vez con un aire templado

para olvidar su desvío por el hielo

y el silbido y el canto que lo fundieron.


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