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El vikingo en la sartén


Cae su corazón en la sartén, son las tres de la mañana de un martes y el vikingo devora su vino tinto tibio, con soda o hielo seco. Huele su piel destilada de varios días sin lluvia y siente como sus pies van dejando huellas pegadas en el piso. Abajo su barba y arriba su pelo dicen que él se quiere poco mientras mira, refugiado tras las cortinas con un loco terror, la vida.

La marea se volvió a llevar su sueño, trayéndole caracoles de insomnio, y son para él hoy todos los botones rojos, como sus ojos, que explotan. Sus hormigas ya no lavarán esos platos como torres de pisa, pero siempre habrá una bacha en otra bacha de lavadero y bañera. Suele habitar un silencio oculto entre sus vecinos, que a veces rompe el grito en pedo de un gol o una puteada intratable a la tele. El vikingo sale siempre a levantar el sol caído para comprar cigarrillos, desodorante, pasta dental y el vino.

Cuida su wifi el vikingo y su cable, porque le dan esperanza y fuga, de un gas mental -sin dudas-, en la negación de su prisión que (es) dura. Sus obsesiones se mueven a oscuras, como expertas en curiosidades y caminan a solas, descubriendo tapas y etapas de tiempos en que se pasa la vida y el tiempo, de un tiempo sin aquí ni ahora.

Dios le habla desde el fondo de su botella, pero él no logra oírlo

y por eso abre botella tras botella el vikingo y mira su estrella,

que se ríe de él, por él, de vos, de mí, de ustedes y de todos.

Le importa todo tres carajos al vikingo.

Su mundo es un pañuelo en una caja, perdida en esa casa, en la habitación con su cama de rejas y quejas, que él adora como a una alfombra voladora. El vikingo frota y frota la botella y sale el genio y lo desaparece y ya está: no está más, se hizo invisible para la sociedad. Enmudeció su teléfono, al trabajo, a su familia y al amor.

Llora su soledad el vikingo en pelotas y seca sus mocos en la cortina blindada, mientras respira el humo de cigarros apagados y mira toda su ropa tirada. No comprende la vida, le duele el sol y le dan terror los niños y sus miradas.

A veces su gata teme por su vida y se escapa; pero el amor, el balcón y la pena hacen que vuelva, porque quiere al vikingo y aún cree en él.


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